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Antonio Pereira, en su casa de Papalaguinda (León), en una foto tomada el 09/03/1995.

Antonio Pereira, nacido en 1923 en Villafranca del Bierzo y fallecido el 25 de abril de 2009 en León, es sin duda uno de los autores leoneses más queridos. Este texto fue leído en la mesa redonda titulada “Las mujeres leen a Antonio Pereira”, que se celebró en el salón de actos de Caja España, en León, el 4 de noviembre de 2011, en compañía de María Rodríguez, Amelia Gamoneda, Julia Barella y Carmen Busmayor. Posteriormente se editó un libro, “Las mujeres leen a Antonio Pereira” (Breviarios de la Fundación Antonio Pereira, León, 2013), coordinado por Busmayor, en el que se reúnen las cinco intervenciones de aquel día.

“Con el oído atento”

Por ELOÍSA OTERO

“¿Te asombras de que otros pasen junto a ti, y no sepan, cuando tú pasas junto a tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto?”
C. PAVESE

A mí no sólo me gusta la literatura de Pereira, sino que me gusta mucho Pereira, su genio y figura. Es el escritor auténtico, curioso, el observador atento. Es el viajero que anota, y que de todo saca provecho: de lo que ve, de lo que escucha, de lo que huele, palpa y saborea. Es un narrador con los cinco sentidos y uno más, el sexto, ese que le dice dónde puede haber una buena historia. Es ahí donde Pereira aviva el entendimiento y aguza todavía más sus cinco sentidos para percibir mejor y con más detalle. Pero, a eso, todavía suma un sentido más, el séptimo, tan importante en su obra y en su vida: el sentido del humor, que él siempre cultivó como un tesoro.

“¿Cómo crees que se puede vivir en un mundo tan absurdo como éste y tan lleno de penas, sino es con la ironía y el humor? Son armas para sobrevivir, para no pedir la eutanasia a voces”, decía.

Ahora bien, por encima de todo… Antonio era alguien que escuchaba. No que ‘supiera’ escuchar. Sino alguien que estaba ‘a la escucha’, que ponía atención a las historias que todos contamos, cuando contamos la vida.

Por eso es un maestro del relato. Y un maestro de la literatura oral. Era un conversador inigualable, todo un seductor con la palabra y aún más con su simpatía… A su lado las horas pasaban sin darse cuenta, entre risas y anécdotas que daban muestra de una vida plena, marcada por la poesía y por el amor al lenguaje sencillo de las gentes, al lenguaje capaz de tocar el corazón.

¿No cree que los cuentos nos aportan la dosis de imaginación y fantasía que hacen la vida más soportable?, le preguntaron en una ocasión.

“Absolutamente cierto, y esto vale para todos los géneros literarios e incluso para el arte en general”, contestó Pereira.

Escribir, viajar, relacionarse con las personas y conocer mundo confluyen en él en mágica armonía. “Confieso que he volado, pero que esa libertad de las alas avivaba la nostalgia de mis raíces”, escribe este aventurero cuyas raíces en Villafranca se extendían hasta Galicia y Portugal… territorios mágicos a los que él sentía pertenecer, y que forman parte de su manera de estar en el mundo y de mirar el mundo.

Cuenta que empezó a escribir para conquistar a las chicas de su pueblo “y a las forasteras que llegaban a pasar el verano”. Pero la escritura le caló hondo, y su huerto más íntimo fue la poesía.

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Nota: Hace un año, Kristine Guzman me invitó a participar con un texto en el catálogo del artista holandés herman de vries; y me insistió en que hablara de la tierra (leonesa, tan mía) desde el corazón. Al principio me costó, y luego podría haber seguido y seguido… ¡Gracias, Kristine! Me encanta el catálogo, y también la obra y la figura de este artista y poeta de la simplicidad, de la naturaleza y de la vida… Su exposición “chance & change” (casualidad / oportunidad y cambio) se puede ver en el MUSAC hasta el mes de febrero de 2018.
Mi texto acompaña en el catálogo la parte de la exposición de herman de vries que tiene que ver con las tierras de León —este artista ha ido construyendo a lo largo de los años un museo de las tierras del mundo—.

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cuaderno de notas

(inspiración, expiración) de la tierra

por: eloísa otero

“Ya nadie nos moldea con tierra y con arcilla,
ya nadie con su hálito despierta nuestro polvo”.
Paul Celan

“El más pequeño acontecimiento repercute en el devenir de la entera comunidad y en el curso de los astros porque las fuerzas espirituales de arriba dependen de la influencia y energía que reciben de abajo. Ayer estábamos aquí y mañana ya no estaremos, pero incluso en nuestra ausencia permaneceremos siempre y no sólo en el recuerdo que hayamos dejado, sino verdaderamente en los otros, porque un hombre lleva en su interior a todos los hombres”.[1]
Moisés de León

Algo se activa en mi cuerpo, y en mis entrañas, cuando regreso a uno de los pueblos de mi imaginario después de muchos años. Un pueblo ahora desolado, casi fantasmal, del que han huido los pájaros y donde aún sobreviven algunos perros ladrando para ahuyentar a la muerte.

Entro en una de las casas de piedra que amenaza ruina, la puerta de madera está entreabierta, crujen los goznes como urracas. Inexplicablemente el interior apenas ha sido arrasado. Desde la pared, una cabeza de ciervo con hermosas astas me da la bienvenida. Todavía pende un cuadro ladeado en el que un pincel infantil esbozó unas mieses amarillas pobladas de avutardas bajo el cielo azul sembrado de nubes y palomas. Al lado, una chaqueta de lana apolillada cuelga de una pezuña de jabalí, en un perchero surrealista. Huele a madera mojada y a cañerías. Es un olor añejo, desagradable, que apenas reconozco.

Si tuviera que describir la tierra de mis raíces buscaría aromas capaces de transportar el espíritu a un mundo feliz que ya no existe: leña recién cortada, humo de hoguera, jazmín y lilas, hierbabuena, boñiga de vaca, membrillos, niebla sobre la ropa recién lavada y tendida en la huerta… Pero en mis evocaciones, nada más aflorar, esos aromas se desvanecen como polvo en un halo de luz fugaz.

Así que cierro los ojos, salgo a la calle vacía y tomo aliento de ese aire que ahora huele a primavera y a hierba verde, antes de que se disipe, para emprender un camino sin retorno a través de los paisajes amados que atan mi memoria al olvido. Como un manantial, dejaré que fluyan recuerdos y palabras de otro tiempo.

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