Archivos para el mes de: abril, 2018

Eloísa Otero en el IES Álvaro Yáñez de Bembibre (León).

La semana pasada, el martes 17 de abril, estuve con el profesor y escritor José Manuel de la Huerga en el IES Álvaro Yáñez de Bembibre (donde imparte clases de inglés este año Alba Flores Robla, último premio Adonáis con su libro ‘Digan adiós a la muchacha’) para dar una charla sobre literatura, poesía, periodismo y escritura, dentro del programa “Rumor de Poesía” que coordina José Manuel en el marco del proyecto EL DUERO LEE.
Desde aquí damos las gracias tanto Alba como a María la profe de Literatura (que nos enseñó los trabajos realizados por los alumnos, algunos muy buenos, a partir de la antología de poemas y artículos periodísticos que les enviamos semanas antes), a la directora del insti y al resto de los profesores de Lengua y Literatura. Los estudiantes se mostraron atentos y lanzaron buenas preguntas.

Eloísa Otero en el IESO Conde Sancho García de Espinosa de los Monteros (Burgos), con alumnos de 1º y 2º.

Este miércoles 25 de abril la sesión fue en el IESO Conde Sancho García de Espinosa de los Monteros (Burgos). Primero tuvimos una sesión con los alumnos de 1º y 2º de la ESO, que estuvieron muy participativos, curiosos e interesados, y preguntaron muchas cosas (sobre todo una niña muy linda sentada a mi izquierda, de pelo moreno, a la que se notaba que le gustaba mucho leer y escribir). En la segunda sesión, con los de 3º y 4º, los estudiantes me parecieron más vergonzosos y más en su mundo, como que les daba un poco igual todo, aunque en el fondo no fuera así; pero aunque tardaron, al final sí que lanzaron algunas preguntas interesantes.
Desde aquí damos las gracias también a la profesora Lucía Somorrostro, al director del insti y a todo el cuadro de profesores (unos cuantos de ellos de León, curiosamente) por su amabilidad y su cálido recibimiento.

Eloísa Otero en el IESO Conde Sancho García de Espinosa de los Monteros (Burgos), con alumnos de 3º y 4º.

Todas las charlas se iniciaron con la lectura de un cuento de la escritora Susana Barragués, titulado “Un huevo”, en el que se incuba lo que al final puedan ser la poesía y el poema.

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Esther Ramón.

CASI SIN VOZ

Por ESTHER RAMÓN
(Reseña publicada en la revista madrileña El Crítico, en 1999)

Difícil —extraño— el pulso que mantienen algunos poetas con el silencio. Rimbaud, Ingeborg Bachmann, Hugo von Hofmannsthal… de todos ellos nos llegó el eco de un silencio deseado. Nos llegó un eco como si de un alto grado de clarividencia se tratara, como si la auténtica poesía tuviera que irse afinando hasta desaparecer o el truco consistiera en borrar poco a poco los trazos para poder leer “la escritura anterior a la palabra”.

Al igual que en la Carta de Lord Chandos de Von Hofmannsthal, Eloísa Otero (León, 1962) se enfrenta en su último libro —Tinta preta, editado por el Instituto Leonés de Cultura— cara a cara con la escritura, planteándose, sopesando palmo a palmo su necesidad, su validez. Se trata de un combate desigual, pero en un principio amistoso: el bando del silencio gusta aún de brindarle témperas suaves a su adversario (“Garrapateo. / Los dibujos son para que recuerdes”). Aunque con la lucidez cunde el desánimo (“Para qué contar, en realidad”).

Sin duda, el camino se allanaría si el despojamiento (“saber de todo, / desde el principio hasta el final / sin estar en todo”) soñado, trascendiendo los límites de la escritura, representase la puerta, la llave que abriese lo ajeno, pero lo que resta es sólo la fórmula. Aplicada inútilmente. “Sigo sin saber, a fin de cuentas, / quién es alguien para alguien”.

A lo largo del libro se va desarrollando, más que una lucha, una especie de cortejo, donde ambas partes se acercan tanto que a veces llegan a confundirse. El silencio (“Él habla de lo que le pasa. O no habla”). La escritura (” / Ella, de lo que podría llegar a pasar”). El papel en blanco es aquí el lienzo donde la creación se busca y se reencuentra, limpiando sus pinceles en un autorretrato diligente pero borroso. Donde las sílabas son arpones lanzados a oscuras “a la espera de que la situación tome verdadero cuerpo / —o falso— y que se clarifique”.

El narrador se plantea la doble trampa: por un lado la escritura es una terapia, un alivio (“Aquí llueve menos”). Un sitio donde refugiarse, donde no sentir. Una especie de medicina, la más eficaz “pero hay otros fantasmas / como que cuando dices tu miedo / el miedo se cumple”.

“Dolmen, mámoa, petroglifo”. Magia arrojadiza que se desliza entre los dedos, que invoca un despertar, o tal vez un adormecimiento. Las palabras son de nuevo piedras de colores arrojadas a un pozo que se seca sin remedio.

Y así, en ese vaivén vamos llegando a la última parte del libro, en la que el silencio gana literalmente terreno: las estrofas se acortan, los versos se afilan como un lápiz que se prepara para escribir con extrema claridad las últimas palabras. Una cuerda podrida de cuyos extremos los competidores siguen, aunque exhaustos, tirando hacia un final que se precipita, que adivinamos muy pronto. ¿Vencedor?: el silencio (“traspaso el umbral / me cuelo en ese espacio donde el sonido no circula / y el pensamiento es sueño que ni se pronuncia”). Pero sólo la escritura ha sido capaz de conducirnos ante él.

Margarita Merino.


MEIGA DE LAS NANAS 

Mi prima favorita irradia llamaradas
con su pelo de fuego.
Hay sal y musgo fresco en su figura
de mujer: mezcla de mar, metileno
travieso, lluvia menuda,
caracola viajera al son del ser.
Te abraza desde la lejanía
con los dedos del aire
y entre los continentes
el océano no basta para ocultar
las chiribitas azules
de sus ojos entrecerrándose
al reír,
aunque penda una lágrima
que sorbe hacia un paisaje norteño
de memoria y ungüentos.
Eres niña de azúcar,
caramelo tu urdir las palabras con gestos,
roca y marea, susurro en el hogar,
celta y jugosa tu alma
compasión.
Hoy he estado buscando tus huellas en la arena,
sola al relente, perdida entre la bruma,
y has encendido el faro potente de una luz edredón:
poso en la mesita una bala de plata.
Ay Isla Kokotero, irmā que não ten
fálame quediño da saudade en galego,
arrólanos rumorosa meiguiña doutra terra querida,
axóuxere, misterio, do lar da miña nai.
No te pierdas jámás de este calor tan rico
que das a los demás:
Eloísa Otero, pra ti ergo uma rosa.

 MARGARITA MERINO,
junio 2010, Tennessee (EEUU).

La poeta gallega Lupe Gómez.

‘O arrolo celta’

Por LUPE GÓMEZ
(No suplemento ‘Lecer’ de Galicia Hoxe / 13.06.2010)

Polas noites, cando me deito, necesito que me arrolen porque senón non consigo durmir. Ás veces a música é un perfecto arrolo que consegue calmar as feras. Os celtas eran arrolados polas árbores, polos ríos, polas fontes, pola chuvia, polo sol. Unha vez tiven un noivo celta, un amigo da música popular, do folk máis profundo da Terra, das raíces misteriosas.

A esencia celta está na adoración aos carballos, porque gardan unha Historia máis verdadeira que a Historia que sae nos libros. “Keltoi” é unha palabra sagrada, mítica, máxica. Tres carballos puxéronse a falar con tres nubes e a súa conversa resultou interminable. Tiñan tantas cousas que dicir! Tiñan tantas fotos gardadas dentro dunha caixiña perfumada! “Celta” é un concepto multívoco. Existiron de verdade os pobos celtas? Ou son unha invención fantástica, un conto estraño, un milagre esquecido? Eu creo que realmente existiron e seguen existindo dentro de nós. Somos un pouquiño celtas cando nos namoramos, cando soñamos cun futuro transparente.

As virtudes e as características que se lles atribúen aos celtas son: a independencia, o heroísmo, a arrogancia, a robustez e a bela disposición. A música celta triunfou, e triunfa, porque vai directa aos sentimentos máis nobles das persoas. As troitas, cando circulan pola auga do río, van cheas de razón. Os coches corren moitísimo e chocan entre eles, teñen accidentes mortais. As troitas saben circular con boa educación, con boas maneiras. Se os celtas fixeran unha orquestra para ir ao Festival de Eurovisión gañarían todos os premios, todas as medallas. As pedras falan moitísimo máis que as persoas. Están cheas de segredos impronunciables, festas pequeniñas, silencios comunicativos. Nos petróglifos está escrita toda a serenidade alegre dun pobo fiel, antigo, verdadeiro. Pouquiño a pouco, cando morremos, convertémonos en flores delicadas, elegantes, eternas.

A nena aburrida

Eloísa Otero é unha escritora que naceu en León, no ano 1962. Ten uns ollos divertidos, un falar torrencial. O seu libro Cartas celtas, publicado na Colección Azul de Metileno –Ediciones Leteo–, ten na súa portada unhas pedras grandes. Hai neste libro poemas que están escritos en galego. “Arrólote nun idioma/ que eu non coñezo./ Nun idioma que ti tampouco entendes./ Arrólote.” Todo o poemario é como un arrolo invisible. A poeta de León decide expresarse nunha lingua que lle é allea, pero que por esa mesma razón forma parte da súa vida, do seu mundo literario.

Todo este libro está escrito cunha linguaxe moi rica, eficaz, sintética. Os espazos en branco fan que a lectura sexa moi parecida á linguaxe dunha carta. Lemos con paixón, pero tamén con detenemento. Avanzamos con rapidez, pero tamén saboreamos tranquilamente cada metáfora, cada palabra. Un poema empeza dicindo: “El aliento exige una cierta serenidad expresiva y escribir es un insulto”. Ese mesmo poema remata así: “(Ser niña y aburrida en los portales.)” As nenas aburridas son as máis auténticas porque non disfrazan o aburrimento, a tristura, a melancolía. Eloísa Otero traballa como xornalista e pasea por León como se a vida fose un conto difícil, unha carta celta. Ela non é galega pero parece galega.

As nenas aburridas soben ás nubes todos os días, viaxan en trens cheos de sombreiros e brillan moitísimo baixo a chuvia. O carteiro trae no peto unha carta celta: “Non hai relato/ sen voz,/ non hai tenrura/ sen xesto./ O relato, o tenreiro/ poñen algo en tensión:/ a voz, o xesto,/ pulsan os mecanismos das preguntas,/ descubren a miúdo escaleiras,/ caligrafías encubertas”.

Antonio Pereira, en su casa de Papalaguinda (León), en una foto tomada el 09/03/1995.

Antonio Pereira, nacido en 1923 en Villafranca del Bierzo y fallecido el 25 de abril de 2009 en León, es sin duda uno de los autores leoneses más queridos. Este texto fue leído en la mesa redonda titulada “Las mujeres leen a Antonio Pereira”, que se celebró en el salón de actos de Caja España, en León, el 4 de noviembre de 2011, en compañía de María Rodríguez, Amelia Gamoneda, Julia Barella y Carmen Busmayor. Posteriormente se editó un libro, “Las mujeres leen a Antonio Pereira” (Breviarios de la Fundación Antonio Pereira, León, 2013), coordinado por Busmayor, en el que se reúnen las cinco intervenciones de aquel día.

“Con el oído atento”

Por ELOÍSA OTERO

“¿Te asombras de que otros pasen junto a ti, y no sepan, cuando tú pasas junto a tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto?”
C. PAVESE

A mí no sólo me gusta la literatura de Pereira, sino que me gusta mucho Pereira, su genio y figura. Es el escritor auténtico, curioso, el observador atento. Es el viajero que anota, y que de todo saca provecho: de lo que ve, de lo que escucha, de lo que huele, palpa y saborea. Es un narrador con los cinco sentidos y uno más, el sexto, ese que le dice dónde puede haber una buena historia. Es ahí donde Pereira aviva el entendimiento y aguza todavía más sus cinco sentidos para percibir mejor y con más detalle. Pero, a eso, todavía suma un sentido más, el séptimo, tan importante en su obra y en su vida: el sentido del humor, que él siempre cultivó como un tesoro.

“¿Cómo crees que se puede vivir en un mundo tan absurdo como éste y tan lleno de penas, sino es con la ironía y el humor? Son armas para sobrevivir, para no pedir la eutanasia a voces”, decía.

Ahora bien, por encima de todo… Antonio era alguien que escuchaba. No que ‘supiera’ escuchar. Sino alguien que estaba ‘a la escucha’, que ponía atención a las historias que todos contamos, cuando contamos la vida.

Por eso es un maestro del relato. Y un maestro de la literatura oral. Era un conversador inigualable, todo un seductor con la palabra y aún más con su simpatía… A su lado las horas pasaban sin darse cuenta, entre risas y anécdotas que daban muestra de una vida plena, marcada por la poesía y por el amor al lenguaje sencillo de las gentes, al lenguaje capaz de tocar el corazón.

¿No cree que los cuentos nos aportan la dosis de imaginación y fantasía que hacen la vida más soportable?, le preguntaron en una ocasión.

“Absolutamente cierto, y esto vale para todos los géneros literarios e incluso para el arte en general”, contestó Pereira.

Escribir, viajar, relacionarse con las personas y conocer mundo confluyen en él en mágica armonía. “Confieso que he volado, pero que esa libertad de las alas avivaba la nostalgia de mis raíces”, escribe este aventurero cuyas raíces en Villafranca se extendían hasta Galicia y Portugal… territorios mágicos a los que él sentía pertenecer, y que forman parte de su manera de estar en el mundo y de mirar el mundo.

Cuenta que empezó a escribir para conquistar a las chicas de su pueblo “y a las forasteras que llegaban a pasar el verano”. Pero la escritura le caló hondo, y su huerto más íntimo fue la poesía.

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