Mónica Jorquera, con su violonchelo (y una de las muñecas de su proyecto-exposicón “Trazos de memoria”), en la última página de El Día de León. / Fotografía: Ana M. Díez.

PERSONAJES A LA ÚLTIMA

MÓNICA JORQUERA

LA INQUIETUD CREATIVA

Por ELOÍSA OTERO
(Publicado el sábado 7 de octubre de 2017 en la última página de El Día de León)

“Si tuviera que salir de casa corriendo, por un incendio… me llevaría el chelo, sin duda”. Mónica Jorquera (León, 1987) concita en sí dos pasiones: la música y las artes plásticas, de forma innata y vocacional. Su padre, Francisco, es médico; su madre, Manuela, técnico de laboratorio. “En mi familia nadie toca ni la pandereta, aunque mi madre pinta en plan amateur y es súper creativa a la hora de resolver problemas. Lo de la música lo tuve claro desde pequeña. También me gustaba leer y escribir cuentos. Pero lo del arte es algo que he ido conquistando”, explica. De hecho, su exposición ‘Trazos de memoria’, que hasta el 15 de octubre se puede ver en la galería Ármaga, además de belleza y fuerza poética contiene un relato: el de una niña que se marchó de su pueblo y, al volver, intenta reconstruir la casa de los abuelos a base de sus recuerdos infantiles. “Yo no tengo pueblo, es algo que echo de menos. Y el tema de la familia y el hogar me persigue desde mi primera exposición en 2014, lo he asumido y es algo sobre lo que quiero seguir trabajando”.

Se define como inquieta, muy curiosa y con mucho nervio: “Por dentro soy un torbellino”. Estudió diez años de violonchelo (grado medio) y cursó Bellas Artes en Salamanca, donde sufrió “un bloqueo terrible” y los profesores Pepe Fuentes y Concha Sáez le ayudaron a saber por dónde tirar. Completó la carrera con un Máster de Grabado en Castellón, empezó a explorar nuevas técnicas (como el grabado sobre barro) y, cuando regresó a León para desarrollar distintos proyectos con el colectivo Galbana (que fundó en 2008 junto a nueve compañeros de la Facultad), optó por cursar aquí el Ciclo Superior de Grabado en la Escuela de Artes. “Cuando terminé la carrera tuve una crisis de futuro. No es que nos prometiesen mucho a los de mi generación, pero no sabía que todo fuera tan difícil. Hice las prácticas de profesorado, descubrí que me encantaba dar clase, pero no me gusta nada cómo está planteada la enseñanza, así que descarté opositar”.

Lleva años compaginando su investigación artística con ganarse la vida como puede: dando clases particulares, de monitora en campamentos, de camarera… Estos días, por ejemplo, está trabajando como azafata en el Festival de Órgano Catedral de León. Del paro la llamaron hace tiempo para cubrir una baja en la Escuela de Música durante un curso. Y allí se ha matriculado también como alumna, en el Aula de Improvisación que imparte Ildefonso Rodríguez. “Aunque mi formación es clásica me encanta improvisar, siempre que puedo me meto al lío; he conocido a un montón de músicos diferentes y colaboro con muchos de ellos, y con poetas. Eso es lo más maravilloso de León, que es una ciudad pequeña pero hay mucho movimiento y artistas que interaccionan entre ellos y con otros”.

Hace poco estuvo en Berlín, haciendo prácticas de grabado con una beca Erasmus. “En Berlín caben todos los estilos de vida que te puedas imaginar, el nivel artístico y cultural es muy alto. En España no se le da valor a la cultura; la educación humanística, musical, plástica, visual… no se toma en serio, y eso tiene consecuencias en la sociedad”. Además, desde que ha descubierto que se puede viajar sin dinero (a través de redes juveniles de couchsurfing), no para. Con su amiga Sira ha ido a Italia, Bélgica, Praga, Escocia… “En León estoy a gusto. Pero el año que viene, si todo va bien, me quiero obligar a salir de mi zona de confort y vivir fuera. Las experiencias vitales son lo que hace que mi creatividad fluya. Este año voy a seguir desarrollando el proyecto en el que estoy ahora, tomando parte en concursos, becas, residencias artísticas… y a ver qué se me presenta”. De momento, en breve acudirá a la Feria de Arte de Oviedo, con la galería Alfara.

 

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