La escultora astorgana Castorina en la última página de El Día de León. © Fotografía: Ana M. Díez.

PERSONAJES A LA ÚLTIMA

CASTORINA FRANCISCO

EMOCIÓN EN LA PIEDRA

Por ELOÍSA OTERO
(Publicado el 25 de marzo de 2017 en la última página de El Día de León)

En casa de la escultora Castorina, a las afueras de Astorga, se respira una paz inmensa. Ana M. Díez me cuenta, después de hacerle la foto, que ha pasado un rato entrañable con ella, tomando un té en la galería, charlando del arte y de la vida, rodeadas de gatos: “¡Qué mujer tan maravillosa! Está llena de vida y energía”. Sí, esta mujer sencilla y menuda es cariñosa, hospitalaria, vital, curiosa, siempre con ganas de aprender y compartir esa magia que a ella le brota de las manos y del corazón, y que le ha llevado a trabajar la piedra con un estilo único. “Siempre me dicen que tengo una energía especial. No sé de dónde la saco, pero procuro mantenerla”.

Su nombre de pila es Castora Fe Francisco, y nació en Astorga en 1928. Su padre, pintor y músico, fue quien la inició en el mundo del arte, que para ella es “un territorio mágico de libertad, sueños e imaginación”. En su juventud, la tuberculosis le obligó a dedicar tiempo a descansar, pensar, leer… Gracias a los cuidados de su familia consiguió recuperarse, pero esa etapa marcó su espíritu luchador y su búsqueda creativa. Con 27 años se fue a Madrid, a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Allí llevó una vida bohemia, y trabajó en la Escuela de Cerámica antes de volver a Astorga, donde dio clase varios años en un instituto. En 1962 viajó a París, para continuar su formación, luego pasó casi tres años en Barcelona antes de regresar de nuevo a Astorga, ciudad en la que ha ido germinando su obra, en silencio, durante los últimos 50 años. Porque Castorina se ha mantenido al margen de modas, grupos y circuitos. “El éxito es efímero, la vanidad no me ciega. No quiero perfidias ni envidias. Me jubilé pronto y, aunque no me quedó mucho, tengo lo que necesito”. Por eso no acepta encargos, y solo hace las piezas que quiere hacer, desde una “entrega total e íntima” a su trabajo de artista. “Lo mismo me da tardar un mes que un año. El arte, como la vida misma, necesita tiempo para poder presentar las obras como es debido”, dice.

En 2006 el ILC le dedicó una exposición antológica y un catálogo recopilatorio. Aquello supuso el redescubrimiento de su obra, y Castorina fue reclamada para participar en exposiciones nacionales (Gijón, Sevilla, Madrid…), como una de las grandes figuras de la escultura española. Siete años más tarde, en 2013, vio cumplido un sueño: integrar una de sus piezas, una “Maternidad”, en el espacio urbano de su ciudad. El escultor Amancio González se encargó de tallar en mármol negro la réplica, a gran tamaño, de una de sus pequeñas esculturas. La obra se financió con fondos públicos y con aportaciones de empresas locales y de particulares, y durante semanas todo el mundo pudo ver cómo aquella Maternidad iba surgiendo de la piedra, en un improvisado taller que se montó al aire libre. Aquello fue una muestra del cariño de sus vecinos y un reconocimiento que todavía le emociona.

Estos días ha empezado a trabajar, como cada primavera, en su pequeño huerto, en el que plantará lechugas, zanahorias, acelgas… “¡Ojalá toda la gente tuviera un poco de tierra y la cultivara!”. También anda dándole vueltas a un trozo de mármol negro, de los que sobraron de la Maternidad. “Trabajo sin herramienta eléctrica, quitando piedra poco a poco, buscando el volumen. Esta pieza será un abrazo a la memoria de mi esposo, un abrazo que cada vez voy cerrando más”. Tanto su marido, Alfredo, como su hijo Óscar, fallecido con 18 años, están para ella muy vivos, y por eso Castorina también escribe poemas, que es una forma “de seguir hablando con ellos”. “Voy a cumplir 89 años, ya me queda poco. He perdido un poco de memoria, pero de salud estoy muy bien. Y no quiero más exposiciones. Como el pastor que reúne sus ovejas, ahora quiero reunir mis obras dispersas”.

Castorina y Amancio, junto a la “Maternidad” de Astorga. Foto: Amando Casado.

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