Portada del libro "Narraciones de maestros".

Portada del libro “Narraciones de maestros”.

Este cuento se publicó en el libro colectivo “Narraciones de maestros”, coordinado por Isabel Cantón Mayo (Barcelona, Ed. Davinci, 2010) y está dedicado a mis “jóvenes” alumnos (en su mayoría de la tercera edad) del Taller de Escritura Creativa del Centro Cívico La Asunción.

LA AUTOESTIMA EN UN CHARCO DE AGUA SUCIA

Por ELOÍSA OTERO

A los ‘jóvenes’ escritores de La Asunción
por su estímulo y magisterio.

Bernardo se derrumbó sobre el sofá, casi incapaz de hablar, de desahogarse. Como si una terrible pesadilla se hubiera instalado en su realidad cotidiana. Como si un mal viaje de aquellos ácidos que probó en los años 70 se hubiera prolongado en el tiempo.

¿Qué puede llevar a un maestro a no querer estar frente a sus alumnos?

Ayer por la mañana se había sentido absolutamente acorralado en clase, cuando intentó expulsar a Jordan, un alumno conflictivo, y éste, tranquilamente, le dijo que no, que no se iba, entre las risotadas de sus compañeros. “Y cuidadín, Bernardo, que como te pases conmigo sí que te voy a hacer la vida imposible”, le amenazó el chaval.

Salió del instituto nervioso, sin saber muy bien cómo actuar. Por la tarde, más calmado, decidió llamar por teléfono al padre del alumno. Le respondió un ser embravecido, sobrepasado por los acontecimientos. “¿Para qué va mi hijo al instituto entonces? Para que lo eduquen. Si usted no sabe, dedíquese a otra profesión, pero no me venga con milongas”.

Intentó tranquilizarse una vez más, incluso se tomó una pastilla para dormir y no seguir dándole vueltas al asunto. Pero cuando hoy, al mediodía, encontró su coche con las cuatro ruedas pinchadas… las lágrimas, de pronto, nublaron sus ojos. Bernardo tenía prisa y, al otro lado de la verja que separa el instituto de la calle, Jordan sonreía, desafiante, con displicencia, junto a tres de sus colegas.

Se sintió como una auténtica mierda pinchada en un palo. Estaba solo, a punto de empezar a perder la razón, y no había nadie allí para darle la mano.

En ese mismo momento vio como su autoestima se le escapaba hacia el agua negra de un charco. Y en el charco se quedó, enfangada.

Bernardo contó hasta diez, hasta veinte, hasta cincuenta… necesitaba que una lucecita se abriera paso en su cabeza, como cuando tenía la edad de sus alumnos y no sabía cómo resolver una ecuación de matemáticas, pero insistía e insistía hasta que la solución se le revelaba de manera fácil, casi mágica.

Abrió el capó del coche y buscó algo parecido a un recipiente. Encontró una botella de plástico vacía. La utilizó para recoger lo que quedaba de su autoestima diluida en el agua sucia del charco. Luego llamó al seguro, para que una grúa se llevara el coche a un taller y le arreglaran las ruedas.

Nada más llegar a casa, telefoneó a su vieja amiga Marian, profesora como él en otro instituto de las afueras de la ciudad. “Te entiendo”, le dijo la amiga. “Hay clases en las que te parece que no existes. Antes podía haber un alumno conflictivo de vez en cuando. Pero ahora, cuando intentas adoptar alguna medida disciplinaria, tienes a toda la clase en contra tuya”.

“Ya, pero no lo aguanto más, de verdad que no sé qué hacer ni cómo afrontarlo, y lo que me gustaría es no tener que ir al instituto mañana”, se lamentó Bernardo.

Su amiga no tenía ninguna receta que le pudiera servir, pero le animó con palabras cariñosas. Últimamente se veían poco, y sus conversaciones solían girar en torno a cómo los profesores de cierta edad, como ellos, se habían ido quedando desfasados. A sus 56 años Bernardo no dejaba de ser consciente de su impericia en el manejo de los ordenadores más allá de lo imprescindible. Por no hablar de su ignorancia sobre las nuevas redes sociales, Facebook, Tuenti, MySpace, Twitter… y todo eso.

Sí, las nuevas tecnologías le superan, a Bernardo no le queda más remedio que reconocerlo. Pero los alumnos también le superan, y eso le preocupa mucho más. No es sólo que cada año se encuentre con un número mayor de chavales que presentan serias dificultades para leer y escribir, o una absoluta falta de hábitos de estudio. El problema, para Bernardo, es su propia incapacidad para motivarles, y hasta para entenderse con ellos en un mismo idioma.

Jordan, el chaval que más problemas le causa, es, sin embargo, inteligente. Y Jordan se ha hecho experto en ridiculizarle, desafiándole con preguntas para las que no encuentra una respuesta rápida. En ocasiones siente que su joven alumno de 15 años sabe de historia mucho más que él. Porque Bernardo, en los últimos años, se siente muy cansado al llegar a casa. Ya no es capaz de seguir la actualidad ni el vertiginoso acontecer del mundo, como hacía antes. Ni disfruta con ello.

Las condiciones sociofamiliares de los chavales tampoco ayudan. Los padres no tienen ni tiempo ni posibilidades de ejercer la capacidad educativa. Sus hijos no sólo crecen sin normas, sino que parecen vivir en una especie de mundo paralelo, al que los mayores no tienen acceso. Y los padres se sienten tan víctimas como los profesores. Pero le echan la culpa al sistema de enseñanza, incapaz de recuperar la figura del maestro, de la maestra, como un modelo para entender la vida.

Bernardo sabe que, como él, muchos de sus compañeros y compañeras han perdido las riendas de su profesión. Sus esfuerzos sobrehumanos para ser escuchados en el aula ya no dan resultado. El sistema rígido de transmisión de conocimientos ha sido dinamitado por los nuevos sistemas de información y comunicación social. No estaban preparados para esto, ni han sabido afrontar los cambios. El cansancio físico y psicológico, la ansiedad, el nerviosismo, el miedo… está minando a un gremio que, en lugar de ejercer el magisterio, empieza a llenar las consultas de los psiquiatras.

Y Bernardo repasa su vida, buscando el punto donde empezó la quiebra. Pero no lo encuentra. Se mira al espejo y no ve al maestro que fue, sino a un estúpido payaso.

Contempla la botella de plástico con el agua sucia que recogió a mediodía del charco.

Se la bebe de un trago. Con su autoestima, recuperada, se traga también sus propias lágrimas, emborrachándose de tristeza.

Busca entonces en un cajón una vieja carpeta. Dentro guarda un buen número de redacciones escolares, escritas con la caligrafía difícil de los alumnos de un taller de alfabetización de adultos en el que participó como voluntario hace muchos años, mientras preparaba las oposiciones…

Las primeras hojas son redacciones sobre la figura del maestro. Empieza a leer algunas de esas páginas amarillas, buscando consuelo, recordando al mismo tiempo el cariño agradecido de aquellas mujeres y hombres ya entrados en años, y la ilusión con que recibían sus enseñanzas:

“Lo que pienso del maestro:

La persona que enseña tiene que tener vocación y creer en lo que dice. Algunas veces puede equivocarse y la valentía de reconocerlo es su gran virtud. También debe pensar que en los alumnos hay diversidad de comprensión y de sensibilidades, y todas ellas tienen la misma importancia. El ver la evolución de su clase deberá proporcionarle una gran satisfacción y el éxito de sus alumnos debería sentirlo como una parte suya…” (Nely).

“¿Qué esperamos del maestro? Yo espero encontrar a una persona que, de alguna manera, me IMPACTE despertando algo en mí que tenía dormido y gracias a esa persona me apasione por el tema que imparte. De todos es sabido que los buenos profesores con carisma y sabiduría hacen que sus alumnos suban las notas.
Los buenos maestros son los que recordamos y en silencio no dejamos de dar gracias por haber aparecido en nuestro camino para guiarnos en él, cargarnos de herramientas y aprender en la medida en que nosotros nos dejemos, abriendo mucho los ojos del alma.
Algunas veces pienso qué será de ellos, si serán felices, si tendrán familia y amigos que les llenen, y en otras muchas ocasiones sueño con hacer un viaje hacia la escuela con un regalo, un abrazo y una sonrisa para aquellos que han hecho de mí una persona más especial. Lo que no me gustaría es defraudarles pensando que se han equivocado conmigo.” (Nuria).

“El maestro, esa persona respetable que siempre fue, en los pueblos crudos de clima en invierno, y que vivía en una casita alquilada, solo con el calor del fuego en el suelo para calentarse él y su comida.
A los críos inspiraba autoridad, aunque los muy traviesos le tentasen y él repartiera algún pescozón. Según de dónde viniese, de algún pueblo aún más remoto y atrasado, sapiencia educativa traía, aunque el deje de su decir le delatase. Cuando era muy pequeño fui algún tiempo a la escuela y aún recuerdo esta frase que se me quedó grabada: ‘Niños, antes de entrare, meare’.” (Olvido).

“Figura del Maestro:
Una de las frases más famosas sobre la sapiencia es: ‘Sólo sé que no sé nada’. Por eso, si queremos aprender, la humildad del reconocimiento sobre ello nos hace dar un gran paso. Otro sería ponernos en manos de personas que nos ayuden a comprenderlo.
De todo el mundo se aprende y de todo tipo de circunstancias, pero el maestro nos ayuda a abrir nuestras mentes, a colocar nuestro potencial para utilizarlo de forma correcta y conocerlo. Que a veces nos sorprende por estar tranquilamente dormido en un rincón de la mente.
Aunque los libros nos instruyen, los maestros contribuyen al encantador papel de ser como el río del conocimiento…” (Elena).

“Alguien que escuche con paciencia, que tenga estudiadas las clases, que sienta el verdadero deseo de enseñar, el placer de enseñar. Sincero, crítico, la única manera para rectificar, evolucionar.
Feliz al observar que sus alumnos aprenden, que se esfuerzan, aunque no salga lo que espera de ellos, porque entiende que les ha exprimido al máximo. Un profesional de la enseñanza, competente, con ansias de superación…” (Pablo).

“Me gusta oír cosas de gente que tiene conocimientos, sabiduría, y lo sabe transmitir. Estar en su ambiente. Porque aprender es: saber y conocer, que son las llaves que abren las puertas de la vida. En algunos, mal utilizadas, son armas de poder y de destrucción.” (Ramón).

“Qué espero del maestro: Que imparta con claridad las clases. Que sea paciente si tiene que repetir la explicación. Importantísimo que le guste, que esté enamorado de la enseñanza. Que mida a todos los alumnos con la misma vara. Que logre que la enseñanza que dá sirva de acicate para motivar al alumno, que sea amable, cercano a la vez que crítico…” (Fely).

“Maestro: ejemplo a seguir. Profesión totalmente vocacional. Jardinero, cultivador de ideas. Forjador de libertades. Misionero que transforma violencia e imposición por diálogo y tolerancia. Hombre que cambia las armas por las letras. Héroe anónimo en grandes batallas. Soldado de ayer, de hoy y de mañana…” (Gloria).

(…)

“Mañana será otro día”, se dice Bernardo, cerrando la carpeta.

“Yo también necesito un maestro”, suspira. “Alguien que me muestre el camino”. Y piensa que mañana llamará a su joven sobrino Miguel, un chaval vivaz y generoso que parece que nació aprendido en eso de los ordenadores, para que le ponga al día con las nuevas tecnologías. Le pagará las clases particulares, que el dinero al chico le vendrá bien… piensa, mientras sus ojos se cierran y el sueño le va envolviendo como una suave tela de araña.

 

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