Ilustración de Nuria Cadierno.

Ilustración de Nuria Cadierno.

Un cuento publicado en astorgaredaccion.com el 26-XII-2016:

Ahora empiezan las mujeres a escribir para los ‘Cuentos al alud del alumbre’, y vienen así en alud primaveral. Hoy son dos al alimón, Eloísa Otero e Isabel Medarde, con resabios de bebida fresca y gran escape de nieve. Confiesan haber empleado la técnica surrealista conocida como ‘cadáver exquisito’ sobre la ilustración sugerida por Nuria Cadierno.

LAS SOMBRAS Y LOS TACONES

Por ELOÍSA OTERO e ISABEL MEDARDE
(sobre una ilustración de NURIA CADIERNO)

No mires a los ojos de la gente, me dan miedo, siempre mienten. No salgas a la calle cuando hay gente, ¿y si no vuelves? ¿y si te pierdes? No digas nunca la verdad, ni cuando la verdad te abrase. ¡Miente!

Era el decálogo de una sociedad corrupta. Las ranas croaban en el fango. Los artificios croaban en el fango y las palabras se perdían en el fango. Aquella ponzoña les abrasaba pero ellos sabían meterse en sus propias pieles.

Quizás alguien suspirase en su interior cantando: “¡quédate a mi lado, no te marches más!”.

En el fondo ella era soberbia y solitaria, como todos ellos. Pero seguía cultivando una elegancia antigua que no había heredado de nadie. Cuando caminaba por la calle le gustaba sentir miradas a su espalda, aquello funcionaba como un estímulo a la hora de mantenerse erguida. Pero aquel día… aquel día sintió que la seguían, y no eran dos o tres sombras que hubiesen tomado forma desde su mala conciencia. No.

Aquel ‘no’ rotundo se le clavó próximo a la madrugada. A cada golpe de tacón escuchaba un ‘no’.

—”¡No! (tacón) ¡No son sombras producto de mi mala conciencia! ¡No! (otro tacón). No son sombras en mi persecución… ¡No!” (y suena el tacón izquierdo).

Detenida bajo una farola, contempló una polilla que pululaba rasgando la luz. Y entonces descubrió que la muerte era una carretera infinita surcando una llanura repleta de molinos de acero, en cuya curva encontraría el cementerio, a la entrada del Castromonte.

¿Y dónde estaba la dichosa curva? Mientras caminaba observó una monda de plátano oxidándose un poco más adelante. Podía esquivarla o darle con la puntera del zapato hacia atrás, para ver si una de aquellas sombras que la seguía se esnafraba al pisarla y resbalar. Sonrió.

El tacón bien afilado era su mejor arma. Una sombra o un fantasma siempre podían encararse sin miedo cuando se estaba en posesión de un buen tacón. El tacón era al zapato lo que la bala a la pistola. Empuñó el arma, se escondió tras el cubo de basura del callejón y esperó.

Esperó, y esperó y esperó por largo tiempo. Pero las sombras no hacían acto de presencia. Parecía que se las hubiese tragado la tierra. Hasta que cayó en los brazos de Morfeo.

Un reno salió a su encuentro en mitad de la oscuridad. La miraba fijamente mientras sacudía sus cuernos a cámara lenta. De pronto empezó a nevar sobre él, y los copos de nieve, al tocar el pelo de su lomo, se convertían en luciérnagas. Parecía un árbol de navidad viviente.

Ella le sorteó, sin reconocer al animal bajo aquel manto de luz candente. Continuó caminando sin rumbo y sin tiempo. Respiró intensamente, diez veces, inhalando todo el oxígeno posible, exhalándolo después, poco a poco, hasta que se sintió fuerte y poderosa.

(Lapsus temporal)

En lo alto de la colina, una mancha informe, espía. Derrotada, se envuelve en su manto y se lanza al vacío del huracán.

Cuando se despierta, intuye que el reno todavía sigue ahí, cubierto de nieve, pero sin luciérnagas. Empieza a clarear. Tiene mucho frío, un buen chichón en la frente y a su zapato izquierdo le falta el tacón. Así que se levanta, limpia los restos de basura de su vestido y, renqueante, inicia el camino de regreso a casa.

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