OPINIÓN / VILANOS

Palabras en el viento

Por ELOÍSA OTERO
(Publicado el 13 de noviembre de 2016 en El Día de León)

Una amiga madrileña me recomendó leer un artículo de Íñigo F. Lomana, publicado hace unas semanas en un diario digital de nombre patrio, que se ha convertido en viral en los ambientes periodístico-literarios. “En la era de la prosa cipotuda”, se titula la columna. La he leído con gusto porque, además de tener su gracia, de alguna forma explicita algo que llevo sintiendo desde hace tiempo, cuando leo a alguno de esos columnistas de moda, prestidigitadores del verbo influenciados por el “umbralismo” y que sí, puede que tengan el don de saber juntar muy bien las palabras y de aliñarlas con metáforas más o menos imaginativa y otras florituras capaces de darle un aire incluso poético al texto… pero cuando terminas de leer, piensas: ¿y qué me está contando con esto?

El concepto de “prosa cipotuda”, según Lomana, resume algunos de los rasgos (como la virilidad y la rimbombancia) de un estilo enarbolado por un nutrido grupo de periodistas y escritores entre los que cita a Arturo Pérez-Reverte, Antonio Lucas, Juan Tallón, Jorge Bustos, Manuel Jabois

No es que estos autores sean machistas (aunque alguno lo sea descaradamente), Se trata de algo más sutil, como bien explica Lomana: “El autor que practica el estilo cipotudo vive a caballo entre la taberna y la biblioteca y ha desarrollado un mecanismo expresivo que combina viriles coloquialismos con una pirotecnia lírica”. A ese estilo, triunfante en los grandes periódicos tradicionales de este país, le pone Lomana otra divertida etiqueta: “neocolumnismo de extremo centro”, en el que los textos barajan una mezcla de “sentido común, costumbrismo arcaico y falsa despolitización”.

Pues bien, solo hay que echar un ojo por las redes para ver lo mal que ha sentado este artículo, aunque la acuñación de “prosa cipotuda” también ha sido aplaudida por críticos literarios de renombre (como Ignacio Echevarría), y hasta ha llegado al Congreso de los Diputados, donde Pablo Iglesias hizo uso de ella, en la primera sesión del debate de investidura, para meterse con los analistas políticos de los grandes medios de comunicación. El nuevo “palabro” acuñado por Lomana también ha empezado a usarse para definir algunas políticas, como el “populismo cipotudo” de Donald Trump… en un recorrido que, según parece, no ha hecho más que empezar.

Escribir columnas de opinión, y conseguir además que aporten algo interesante o valioso sobre la realidad, no es fácil. Y más en una época como la actual, en la que los grandes poderes cada vez disponen de más medios para manipularnos y engañarnos, en su propio beneficio. Una época en la que, sin apenas darnos cuenta, nuestros edificios mentales ya no se construyen sobre la lectura y el pensamiento, sino sobre toneladas de basura digital y mediática. Nunca antes habíamos tenido tantas posibilidades y tantos medios a nuestro alcance para estar informados. Paradójicamente, nunca habíamos estado tan desinformados.

A veces cuesta encontrar un buen tema, otras veces lo arduo es abordarlo de forma aguda, contundente y, sobre todo, bien documentada. Que tenga miga. Y que no sea un “coñazo”. Puedes estar días dándole vueltas, sin llegar a conseguirlo. Por eso resulta mucho más cómodo opinar sobre política en términos generales, o comentar cualquier anécdota banal (como la cobra de Bisbal a Chenoa), o divagar sobre la noticia más estrambótica que pueda aparecer en las páginas de cultura (“Venden las bragas de la mujer de Hitler”). Solo hay que tricotar unos cuantos tópicos por aquí, unas cuantas ideas prestadas por allá… Y ya está. Pero… ¿Nos aportan algo esos artículos?

Como anotó Peter Handke, “escribir es estar atento a la manera en que vivimos”. Eso es lo difícil. Estar atento. Observar. Informarse y documentarse (siempre nos faltan datos sobre la realidad). Analizar. Contrastar. Y aprender a pensar de forma cabal. A veces son las palabras las que nos ayudan a pensar. La buena poesía, por ejemplo, siempre nos dice algo que no sabíamos, o que no sabíamos que se pudiera decir de esa manera. Por eso un buen poema puede llegar a decirnos mucho más sobre el mundo, o sobre nosotros mismos, que un texto periodístico. Aunque también existe la “poesía cipotuda”…

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