OPINIÓN / VILANOS

Buenos días, ¿dígame?

Por ELOÍSA OTERO
(Publicado el 2 de octubre de 2016 en El Día de León)

Uno de los trabajos de nuestra época en el que se ejemplifican la cultura de la precariedad, los sueldos miserables, los abusos y la indefensión es el de teleoperador o teleoperadora. Ellos y ellas son, sobre todo, mano de obra de usar y tirar.

Trabajan para grandes y pequeñas empresas de telemarketing y atención al cliente, galeras modernas también conocidas como “call centers” (centros de llamadas) o “contact centers”, que a su vez son subcontratadas por industrias y servicios de todos los sectores (seguros, bancos, empresas de telefonía y telecomunicaciones, de la energía y del Ibex-35, multinacionales, agencias de viajes, servicios de atención al ciudadano e incluso ong’s…) para atender a sus clientes o captar otros nuevos. Pero mientras la facturación de esas empresas aumenta de forma vertiginosa, los teleoperadores padecen unas condiciones laborales deplorables, y no sólo por el salario —en torno a los 700 euros al mes—, sino por la tremenda presión que se ejerce sobre ellos.

El modelo es sencillo: los centros de llamadas funcionan como un embudo que traga mano de obra con la misma voracidad que la destruye. Sus trabajadores tienen que cumplir objetivos cada día más difíciles de alcanzar. Sus contratos por obra y servicio pueden ser rescindidos en cualquier momento, incluso por pasarse unos segundos en los descansos o en la visita al lavabo. Permanentemente son vigilados y espiados en sus comunicaciones con los clientes para comprobar si lo hacen bien. Hasta el punto en que éste es uno de los trabajos donde más se desarrolla el denominado “síndrome del superviviente”, cada vez más común en estos tiempos de crisis, caracterizado por niveles altos de ansiedad y estrés, falta de motivación, insatisfacción generalizada y desconfianza hacia la empresa. Así lo resume un teleoperador: “Somos esclavos y nuestro látigo son las escuchas y valoraciones, con mal trato a los empleados por parte de los superiores, sueldos de miseria, exigencia de profesional cualificado y presión hasta la extenuación”.

En León, donde el desempleo se ha convertido en crónico para muchos miles de personas, este tipo de empresas ha experimentado un auge en los últimos años. Acaso ésta sea una de las provincias de España que más centros de llamadas acoge, principalmente en León capital y El Bierzo (Ponferrada y Bembibre). En plena crisis económica, estas empresas son desde hace unos años las principales empleadoras de universitarios y de gente joven sobradamente preparada, en su mayoría mujeres. Pero también son un asidero al que intentan agarrarse, en plena desesperación, muchos trabajadores cualificados que han caído en el paro.

Para hacerse una idea: si en 2004 se calculaba en unas 1.200 las personas empleadas en este sector en toda la provincia, hoy son más de 5.000 las que trabajan para compañías como Transcom, Telemark, Digitex, Plus Contact, Teleperformance Group, Atento, CC&CC, Cel Celis, Activa Contacto y otras empresas menores.

El pasado mes de septiembre los trabajadores de estos centros fueron llamados por los sindicatos a secundar dos paros parciales, los días 22 y 29, y tienen convocada una huelga total de 24 horas para el próximo 6 de octubre. Una vez más denuncian el bloqueo de la negociación de un nuevo convenio colectivo, que según algunos cálculos afectaría en toda España a más de 80.000 trabajadores (a los que hay que sumar varios miles más a través de ETT’s). En realidad llevan ya demasiados años así, aunque los grandes medios de comunicación no suelan hacerse eco de sus reivindicaciones.

Lo curioso es que, además, este tipo de negocios, que suelen fijarse en poblaciones con un desempleo masivo, cuentan con la connivencia de las administraciones, en el sentido de que reciben subvenciones públicas por formar y emplear a parados, e incluso algunos ayuntamientos les ceden espacios gratuitos para que se instalen en sus cada vez más deshabitados “centros de iniciativas empresariales”.

Así las cosas, y siendo éste uno de los pocos trabajos a los que se puede aspirar en esta provincia, no me extraña que mi amiga S., tristísima porque sus dos hijas se han ido a estudiar a otro país dejando en la casa un vacío imposible de llenar, diga esto: “Me da muchísima pena, pero ojalá no vuelvan. Aquí no hay ningún futuro para nuestros jóvenes”.

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