OPINIÓN / VILANOS

¿Suicidios o crímenes sociales?

Por ELOÍSA OTERO
(Publicado el 4 de septiembre de 2016 en El Día de León)

Hace poco más de tres años, el 4 de abril de 2012, Dimitris Christoulas, un farmacéutico jubilado de 77 años, se quitó la vida pegándose un tiro frente a la sede del Parlamento griego, en la plaza Syntagma de Atenas. Su suicidio y la nota que se halló en un bolsillo de su abrigo conmovieron al mundo, aunque ahora casi ni nos acordemos. Su nota decía: “El gobierno de Tsolakoglou [en irónica alusión al primer presidente griego que colaboró con los nazis durante Segunda Guerra Mundial] ha aniquilado toda esperanza para mi supervivencia, que estaba basada en una pensión muy digna que, yo solo, pagué durante 35 años sin ayuda del Estado. Y ya que mi avanzada edad no me permite un modo de responder activamente —aunque si un compañero griego fuera a coger un kalashnikov, yo estaría detrás de él—, no veo otra solución que darle este final digno a mi vida, ya que no me quiero ver buscando en los cubos de basura mis medios de subsistencia. Creo que esa juventud sin ningún futuro se levantará algún día en armas y colgarán a los traidores de este país en la plaza Syntagma, justo como hicieron los italianos con Mussolini en 1945”.

Cuando se suicidó Dimitris, la tasa de suicidios en Grecia había pasado, en solo tres años, de ser la más baja de Europa a convertirse en la más alta del continente, a causa de la gravísima crisis económica y a los problemas de depresión y ansiedad derivados de ella.

También en 2012 empezaron a sucederse en España terribles sucesos como éste: “Amaia Egaña, de 53 años, ha muerto en Barakaldo tras arrojarse por la ventana cuando se iba a proceder al desahucio de su vivienda”.

No sé a ustedes, pero a mí se me parte el alma. El suicidio no deja de ser un tema tabú, sobre el que no se suele informar —a no ser que se trate de personas relevantes— bajo el pretexto de “evitar nuevos casos por imitación”. Detrás de cada suicidio se oculta una historia de desesperación, ligada a veces a problemas de salud física y/o mental. Pero en estos años de crisis, nadie puede negarlo, ha aumentado de forma alarmante el número de personas que han optado por quitarse la vida en España, Grecia y otros países duramente castigados por las políticas de austeridad.

“Un ciudadano de 60 años tapia su puerta para morir de hambre si no encuentra trabajo” (La Voz de Medina del Campo). “Un desempleado se quema a lo bonzo junto al palacio presidencial de Italia” (Europa Press). “La crisis elevó los suicidios en Galicia a uno al día en el 2009” (La Voz de Galicia). “Una media de 243 personas intentan suicidarse cada día en España ingiriendo psicofármacos” (Efe)

Los últimos datos hechos públicos por el INS se refieren a 2014, año en que se suicidaron en España 3.910 personas (49 de ellas en León), la cifra más alta de los últimos cinco lustros. Con una media de casi 11 muertes diarias, el suicidio se ha convertido en la principal causa de muerte no natural en este país, con más del doble de fallecimientos que los accidentes de tráfico, 7 veces más que los accidentes laborales y 70 veces más que la violencia de género. Desde 2008 el número de suicidios ha aumentado un 20%, y el mayor número de ellos lo protagonizan personas de entre 40 y 59 años (1.594 en 2014), que es la franja de edad más golpeada por la crisis. También han aumentado los suicidios de adolescentes (de 15 a 19 años) y los de mayores de 90 años.

Por cada persona que se suicida se calcula que hay una media de seis víctimas: sus seres queridos. Pero en España, a diferencia de otros países europeos, no existe ningún plan estatal de prevención del suicidio.

En 2012, el año en que se suicidaron Dimitris Christoulas y Amaia Egaña, la Unión Europea recibió el Nobel de la Paz. Cuando le pregunté al poeta Gamoneda, en una entrevista, qué pensaba de ese premio, respondió así: “En países de la UE hay violencia interna y delincuencia. Los propios poderes –a su manera, que puede estar, incluso, “legalizada”– practican la violencia y la delincuencia. Se dan crímenes sociales que son realizados por los poderes económicos, asistidos por los políticos, tengan el color que tengan. La imposición de pobreza, hambre y enfermedad son crímenes sociales, no son manifestaciones de paz…”.

Estoy de acuerdo. Y me pregunto cuántos suicidios no dejan de ser “crímenes sociales”, fruto de las políticas neofeudales de nuestros cada vez más inhumanos gobernantes.

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