Mr. Griffin. © Fotografía: Ana María Díez / El Día de León.

Mr. Griffin. © Fotografía: Ana María Díez / El Día de León.

PERSONAJES A LA ÚLTIMA

MR. GRIFFIN

EL EDITOR INVISIBLE

Por ELOÍSA OTERO
(Publicado el 28 agosto de 2016 en la última página de El Día de León)

La fotografía que acompaña este texto quizá les sorprenda un poco. A nuestro personaje no le gustan los focos y prefiere que su verdadero nombre no aparezca aquí, como tampoco se lo encontrarán en las publicaciones que llevan su impronta. Su amor a los libros le llevó a fundar hace tres años un sello independiente: “Mr. Griffin editor”. Así que, respetando su deseo de anonimato, le llamaremos Mr. Griffin, como el protagonista de El hombre invisible —la novela de H.G. Wells—, que es de donde tomó el logo de su editorial: un sombrero hongo y una pipa.

“El tal Mr. Griffin era invisible, y eso es a lo que yo aspiro”, apunta este hombre pequeño y anglófilo que, si bien ha trabajado “en muchas cosas raras y curiosas” (como ser perito judicial en un caso de falsificación de obras de arte de Vela Zanetti), desde hace 20 años se gana la vida como gestor cultural, productor de exposiciones y editor y diseñador de libros y catálogos de arte. También ejerce como autor y traductor de textos sobre arte contemporáneo y, últimamente, como traductor de literatura anglosajona de los siglos XVIII y XIX… Pero, incluso cuando escribe, firma con seudónimo. “Me gusta el segundo plano, es mi sitio”, dice. Y se compara con las comadronas, “que ayudan a dar a luz, pero nadie pregunta por ellas cuando el bebé llega al mundo”.

Nació en León en 1970, se licenció en Historia del Arte y pasó un año clave en Nueva York, cursando un Máster. Al volver, en 1997, fundó con otros socios “Artefacto”, una empresa de gestión cultural. Durante siete años se ocupó del diseño y la coordinación de más de 50 exposiciones para distintas instituciones, y dirigió la publicación de otros tantos catálogos. En 2005 lo dejó para montar su propia empresa, “menoslobos”, ampliando su clientela (museos, editoriales, fundaciones…) y redirigiendo su campo de trabajo hacia la producción de exposiciones y eventos “llave en mano”, desde la idea a la postproducción. “Tú me dices qué quieres y yo busco cómo hacerlo”, explica. Así ha ido gestando su prestigio.

En 2013 se aventuró a lanzar su propia editorial, sin más medios que su pasión y su limitado presupuesto. “Los libros siempre me han gustado; ocupan espacio, pero son buenos amigos. Están ahí cuando los necesitas, para darte su sabiduría… Una biblioteca dice mucho de una persona”, observa.

Como editor puede permitirse publicar dos o tres títulos al año, sin presiones. “Apuesto por un libro porque me parece bueno y decido gastar unos meses de mi vida en leerlo, estudiarlo, corregirlo, discutir con el autor, proponer un diseño, buscar un buen papel… Me tiene que gustar mucho para que lo haga”.

Su catálogo es como él, excéntrico y heterogéneo. Comenzó publicando Las aventuras de Jonathan Corncob, deliciosa novela picaresca americana, anónima, del siglo XVIII; toda una rareza plagada de chistes intraducibles que se empeñó en traducir, y que acompañó de un estudio crítico. Una joya. Le siguieron Felipe II y la mujer más fea de Francia —un cuento de Joan Pau Rubiés con ilustraciones de Adolfo Álvarez Barthe—; La obligada compañía del corredor en círculos —a partir de un diario por entregas del dibujante Ernesto Rodera—, Otras nubes, otras lluvias —relatos de Gabriel Quindós ambientados en Vietnam— y La noche que dejó de ser un animal, primer poemario de Silvia Abad Montoliú.

En un mes saldrá de imprenta Las tremendas aventuras del comandante Gahagan, de William M. Thackeray (autor de Barry Lyndon o de La feria de las vanidades, obras maestras del XIX), traducido por él. Y en otoño verá la luz “una obra escrita por dos leoneses, editada de forma peculiar”. En cartera tiene además un libro de Javier Tascón sobre el escultor Amancio González que será otra presea, porque, cuando Mr. Griffin se mete en algo, solo se preocupa de “hacer las cosas bien”. Lo demás —nombre, fama, vanagloria…— le resulta prescindible. Una rara avis, sí.

Mr. Griffin. © Fotografía: Ana María Díez / El Día de León.

Mr. Griffin. © Fotografía: Ana María Díez / El Día de León.

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