El compositor e ingeniero de sonido Pablo Vega Otero. © Fotografía: Ana M. Díez.

El compositor e ingeniero de sonido Pablo Vega Otero. © Fotografía: Ana M. Díez / El Día de León.

PERSONAJES A LA ÚLTIMA

PABLO VEGA

UN MÚSICO DE CINE

Por ELOÍSA OTERO
(Publicado el 31 de julio de 2016 en la última página de El Día de León)

Productor musical, ingeniero de sonido, profesor de audiovisuales, compositor de bandas sonoras para películas… Pablo Vega (León, 1969) es un profesional todoterreno, hecho a sí mismo a base de vocación, talento, curiosidad y perseverancia. Estudió Ingeniería Técnica Industrial, aunque lo dejó para dedicarse a la música, su gran pasión —curiosamente en este año 2016 ha aprobado las dos asignaturas que le quedaron pendientes, obteniendo un sobresaliente en el trabajo de fin de carrera—.

Probablemente sea una de las personas que más conoce a los músicos de esta tierra. Muchos de ellos han pasado por Ruido Producciones, el estudio que montó en Torneros del Bernesga —y que hace poco trasladó a León—, para grabar un disco, una maqueta o un pequeño video promocional.

Pero de lo que más sabe Pablo Vega es de cine, y todavía más de música de cine. Ha compuesto las bandas sonoras de todas las películas de Julio Suárez, uno de los pioneros del cine leonés, y también las de su hijo Alejandro —uno de sus cortos, “The Fisherman”, acaba de ganar el premio a la mejor música original en el Festival Ibérico de Cine—. Y ha trabajado como técnico de sonido con otros muchos directores, como Juan Carlos Mostaza o Chema Sarmiento.

Insiste en calificarse como “autodidacta”, y cita a grandes compositores de bandas sonoras, como Zimmer o Elfman, “que empezaron como yo, cacharreando con aparatitos”. Mirando atrás, no obstante, afirma que lo más serio que ha hecho en este campo es la música de ‘Tritones’, de Julio Suárez. “Tuve mucha ayuda, sobre todo de Juan Luis García y Dorel Murgu. Ellos hicieron posible que la Sinfónica Ciudad de León tocara lo que yo había compuesto con un ordenador. Escuchar aquello fue mi mejor momento”.

La magia de lo analógico le sedujo siendo un niño. “Lo que más nos influyó, a los de mi generación, fue La Guerra de las Galaxias. Nos abrió el cerebro. Pocos meses después de verla, yo ya estaba haciendo pelis de animación con plastilina y una cámara de Súper 8 que le cogí a mi padre. Hacía pruebas, experimentaba… pero no encontré apoyo a mi alrededor, no tuve un sitio al que ir para aprender”, lamenta.

Aquel niño precoz, al que su madre alimentó los oídos con música clásica, intentó estudiar solfeo y guitarra (“la enseñanza musical era terrible entonces”), pero pronto descubrió que con un órgano electrónico se podían hacer maravillas y, encima, era divertido. “Era la época del tecno”, recuerda. Los teclados, sintetizadores, cajas de ritmo y otras maquinitas empezaron a agolparse en su casa —hasta el punto en que Pablo tiene ahora una colección con la que podría montar un museo—.

Él, que se considera “testigo de una época de esplendor musical”, incluso fundó un grupo de new age con Javier Otero, Ars Torga, con el que llegaron a compartir cartel con Michael Nyman, Paul Winter, Suzzane Cianni, Wim Mertens… y hasta grabaron un CD. Sin embargo, el directo no era lo suyo.

Con todo, en una ciudad en la que tanto cuesta reconocer el talento, Pablo ha ido situándose como uno de los ingenieros de sonido más reputados. Pero también es una persona generosa y colaborativa, que se apunta a ayudar en un sinfín de proyectos. “Donde puedo intento meter la cabeza, para sentirme vivo. En León hay auténticos genios”, afirma. “Pero las instituciones no apoyan, y no solo porque no haya dinero, sino porque se gestiona muy mal”.

Ahora mismo Pablo está a cargo del sonido del primer largo de Epigmenio Rodríguez, “Media hora (y un epílogo)”, que se empieza a rodar estos días en la provincia. Y esto es lo que dicen los miembros del equipo: “Contar con él es una suerte, pues aporta ideas que no se limitan a lo sonoro, sino que se extienden a otras áreas creativas. Su profesionalidad y carácter proactivo hacen de él uno de los miembros más activos e indispensables de cualquier equipo cinematográfico”. Lo dicho, un fenómeno.

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